Nicolás de Correa

(Mexico, h. 1665–después de 1696)

Las bodas de Caná

México, 1696

Óleo y técnica mixta sobre tabla, incrustación de madreperla, 58.8 × 75.5 cm

Firmado y fechado arriba a la derecha: «Nicolas de Correa 1696»

Nueva York, The Hispanic Society of America, LA2158

La carrera de Nicolás de Correa está documentada solo en parte, principalmente a causa del escaso número de sus obras conocidas y al mayor relieve que se ha dado en la historia del arte a su tío Juan Correa (h. 1646-1716). Nicolás fue miembro del gremio de pintores y doradores, y las cuatro obras suyas firmadas que se conservan en museos públicos, La multiplicación de los panes y los peces (Madrid, Museo de América, inv. 1981/10/1), Los desposorios místicos de santa Rosa de Lima (1691; Ciudad de México, Museo Nacional de Arte, inv. 3066), La Virgen del Rosario y santo Domingo de Guzmán (Querétaro, Museo Regional, inv. 1055764) y estas Bodas de Caná de la Hispanic Society, le pintan como un maestro muy capacitado y creativo que cultivaba el estilo dominante en Europa, y no los estilos más idiosincráticos de Juan Correa o el contemporáneo de ambos Cristóbal de Villalpando (h. 1649-1714).

Las colonias españolas en América sostenían enormes fortunas en sus clases altas. El auge económico del Nuevo Mundo en la segunda mitad del siglo XVII, impulsado por la producción agrícola y sobre todo por las nuevas tecnologías de la minería y la metalurgia, estimuló la fabricación de los artículos de lujo que venían siendo parte habitual de las exportaciones coloniales desde el siglo XVI. Entre esas producciones se contaban las cerámicas finas, los mosaicos de plumas, las lacas y los objetos de madreperla y carey.

En la segunda mitad del XVII se creó un nuevo artículo de lujo: los «enconchados», que eran pinturas sobre tabla con incrustaciones de nácar, a medio camino entre la pintura «fina» y las artes decorativas. En ese medio y siguiendo el modelo de las lacas namban japonesas se hicieron imágenes de devoción y pinturas de historia, y también se utilizó para crear grandes biombos. Láminas de nácar de distintos tamaños se adherían a un gesso de escayola y cola animal, y sobre ellas se pintaba con óleo o temple. El nácar permanecía visible a través de las finas capas de pintura, dando a la obra una luminosidad trémula. Los enconchados tuvieron gran aceptación entre los coleccionistas europeos, por lo exótico del medio y la habilidad de los pintores coloniales.

Las bodas de Caná es a la vez un bonito cuadro de tradición europea y un ejemplo espectacular de las artes del diseño. Dos aspectos infrecuentes que presenta esta pieza en particular son el singular fondo oscuro, que procede claramente de las lacas namban, y el empleo de nácar a la vez como superficie en la que se pinta y como material de mosaico con el que se crea la ilusión del pavimento enlosado, los marcos de cuadros y otros elementos arquitectónicos de la composición.

El Evangelio de Juan (2, 1-12) refiere que Jesús y su madre, la Virgen María, asisten a la celebración de una boda en la aldea de Caná de Galilea. Se ha acabado el vino, y María se lo dice a Jesús. Tras un instante de vacilación, Jesús convierte milagrosamente varias tinajas de agua en vino de tal calidad que al mayordomo del banquete le sorprende que no fuera el servido en primer lugar. Esta escena de alegría familiar y benévolo humor atrajo a los artistas y a sus clientes.

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